El País Vasco conserva, principalmente en zonas montañosas, estructuras en forma de copa redondeada construidas en las laderas de los montes, excavadas de arriba a abajo, con altura hasta 6 metros y diámetro superior de 2,5. Hasta ahora eran consideradas caleros, hornos para obtener cal. En 2003, el galdakoztarra Xabier Orue-Etxebarria visitó uno de Isasi (Galdakao) y los datos obtenidos en las paredes y escorias de hierro le hicieron pensar que se trataba de un horno de reducción de ese mineral. “Como resultado de los datos conseguidos en estructuras semejantes de Galdakao, así como de los mineralógicos y químicos en el laboratorio de la EHU, quedaba claro “, comenta.
El hallazgo se trasladó al Servicio de Patrimonio Cultural de la Diputación Foral de Bizkaia. “Acudió un arqueólogo de Diputación, pero respondió que no había duda de que dicha estructura fuera un calero, por lo que no pensaban investigar la nueva hipótesis”, comentan. A pesar de ello, Orue-Etxebarria decidió seguir trabajando junto a investigadores de la EHU, doctores y especialistas en diferentes campos, así como con sociedades como Aranzadi o empresas como Sidenor”, detalla.
Desde 2003 recorrieron diversas zonas de Bizkaia, encontrando hornos semejantes al de Galdakao. Con los datos obtenidos, publicaron dos estudios. Posteriormente visitaron más zonas del País Vasco, recogiendo muestras, y las investigaciones en campo y laboratorio quedaron plasmadas en cuatro publicaciones más. En una de 2010, empezaron a denominar ‘hornos vascos’ a este tipo de hornos. En 2015 y 2016 publicaron otro par de trabajos detallando sus características, variabilidad a lo largo del tiempo y relación con el sufijo ‘–ola’, entre otras especificaciones. También exponían que “Las primitivas ferrerías hidráulicas no reducían el mineral de hierro en sus instalaciones, sino que llegaba ya reducida la esponja de hierro o ‘agoa’ desde los ‘hornos vascos’; habíamos visto suficientes casos con fragmentos de caliza alrededor del horno para pensar que, una vez abandonados estos, se reutilizaron como caleros”, añade.

Uno de los trabajos realizados recibió el ‘Premio Francisco Javier Ayala 2016’ al mejor artículo de investigación publicado en la Revista ‘De Re Metallica’ durante los años 2014 y 2015. “Fue a partir de nuestras publicaciones cuando los arqueólogos empezaron a excavar con más asiduidad, y a pesar que en algunos de los hornos se podían apreciar escorias magnéticas en la pared o de mineral de hierro en los alrededores, la conclusión a la que llegaban era que se trataba de caleros”, asegura.
Tras dos décadas de investigación, solo las dos arqueólogas que han colaborado con el grupo en tres hornos de Galdakao, en el caso de Amaia Basterretxea, y uno de Mutriku, en el de Sonia San José, han recogido en sus conclusiones que “los supuestos caleros habían sido previamente hornos de reducción para obtener hierro; el resto han ignorado o silenciado nuestras investigaciones, en ocasiones minusvalorando nuestro trabajo e intentando desprestigiarlo”, asegura.
Más de 600 hornos
Desde 2016, Tras ver más de 600 hornos, aseguran haber encontrado datos irrefutables. Miembros de Abadelaueta Elkarte Etnografikoa hallaron un horno doble en la ladera suroeste del monte Berretin, en Zuia, en el que comprobaron “que ambos hornos eran de reducción de mineral de hierro”, insiste. Y en la localidad vizcaína de Berriatua encontraron “en la posición de la abertura, una tobera hecha con escoria de hierro que se iba estrechando hacia el horno, donde encajaría el fuelle”.
Aunque es difícil que se conserve o aprecie la pared interna de los hornos vascos, ya que suelen estar rotos o rellenos, se han topado con algunos que poseen en esa pared escoria magnética negra de unos diez centímetros de espesor, resultado del proceso de reducción, y encima de ella restos de cal, consecuencia de su reutilización como calero. Los ejemplos más importantes se encuentran en Eitzaga, en Galdakao, y en el monte Ogoño, en Elantxobe.
Asimismo, hace unos años Esteban Etxebarria, miembro de Abadelaueta Elkarte Etnografikoa, nos enseñó por primera vez escorias magnéticas en la pared externa y a la salida de un horno en las afueras de Manurga, en Zigoitia. “No había ninguna duda de su función. Posteriormente, estuve en otro semejante que contenía escorias en Azpeitia, al que me llevaron miembros de Antxieta Arkeologi Taldea”, narra Orue-Etxebarria.
“Lo más impresionante”, según expone, fue un horno mostrado por Xabier Arruti, de la asociación Burdiña Taldea, en Amasa, Billabona, con escorias en el exterior y el interior repleto de escorias de color negruzco. “Era la primera vez que veíamos algo parecido, nos impresionó. No hacían falta más pruebas, sin embargo, tras la limpieza y excavación por parte de un arqueólogo, en las conclusiones no decía nada sobre que sirvió para obtener hierro, a pesar de las evidencias”, detalla
Por si quedaba alguna duda, “hay un dato que no admite interpretaciones”, afirma contundente. Javi Castro, químico y etnógrafo de Aranzadi Zientzia Elkartea, miembro del equipo de investigación, ha hallado en archivos “numerosos documentos en los que se describen peticiones de personas que solicitan construir un calero, a los que se autoriza hacerlo en una ‘arragoa’, es decir en un horno de reducción de mineral de hierro. ‘Arragoa’ es el término utilizado en la documentación desde la Edad Media hasta el siglo XIX, por lo tanto, la función de calero es posterior”, concluye. Con los nuevos descubrimientos, se encuentran redactando un nuevo artículo técnico que, esperan, se publique el próximo año.



